Una historia irrepetible

Descubierto por Francisco Cornejo, integró el equipo infantil de los Cebollitas, paso previo antes de llegar a Argentinos Juniors. Allí comenzó a mostrarse en los entretiempos de los partidos de Primera, asombrando a la gente cuando hacía maravillosos malabarismos con la pelota. Después llegarían los clubes europeos, la Selección y los innumerables problemas de dóping.

Desde su arranque en Fiorito, cuando los rulos le tapaban la cara, Diego deslumbró cada vez que pisó una cancha. Argentinos, Boca, Barcelona, Napoli, Sevilla, Newell's, otra vez Boca y, fundamentalmente la Selección, formaron parte de una vida deportiva plagada de alegrías.

Nació en Villa Fiorito, un suburbio humilde al sur de Buenos Aires, y se crió junto con la pelota de fútbol. Ya entonces, cuando pasaba el día en el potrero y era capaz de tocar mil veces la pelota sin dejarla caer, se estaba formando el que sería, por consenso abrumador, el más grande jugador de la historia del fútbol mundial. Un honor que algunas opiniones atribuyen al brasileño Pelé o a Alfredo Di Stéfano, sin que esa eterna polémica disminuya los méritos del 'Pelusa', como lo llamaban sus amigos de la infancia.

Es el quinto hijo de Diego Maradona y Dalma Salvadora Franco. Hijo de una familia pobre, pasaba sus tardes jugando al fútbol en su club de barrio, el Estrella Roja. Un amigo, el 'Goyo' Carrizo, que jugaba en Los Cebollitas le dijo a Francisco Cornejo, su DT, que había un chico que merecía jugar en el equipo. Carrizo le insistió y finalmente el DT le dijo que lo traiga a una de las prácticas. Al verlo, el entrenador no dudó en que era un crack y lo incluyó en el equipo. A los 12 años, le hicieron una entrevista mostrando sus destrezas y él respondió cuáles eran sus sueños: "Mi primer sueño es jugar en un Mundial, y el otro es ser campeón", sueño de tantos millones de chicos, pero el "Pelusa", tocado por la varita mágica, lo podía hacer realidad. Allí comenzó a mostrarse en los entretiempos de los partidos de Primera, asombrando a la gente cuando hacía maravillosos malabarismos con la pelota. El 20 de octubre de 1976, diez días antes de cumplir 16 años, el técnico de la Primera, Juan Carlos Montes, dispuso su ingreso ante Talleres de Córdoba en la cancha de La Paternal.

A su juego inspirado, estético, imprevisible, agregaba la efectividad de un goleador que lideró las tablas en cinco campeonatos (entre 1978 y 1980), cuatro de ellos consecutivos. Ya había iniciado su otro gran romance, con la Selección, que empezó con un desengaño cuando, todavía adolescente, se ilusionó con jugar el Mundial Juvenil de 1978, pero Menotti lo dejó afuera del plantel. Su reivindicación llegó en el Mundial Sub 19 de 1979 en Tokio, cuando también dirigido por Menotti maravilló al mundo.

Y mientras las giras europeas con la Selección campeona del mundo ya lo catapultaban a la consideración internacional, llegó su ajetreado pase a Boca Juniors, tras el pago de US$2.500.000 dólares, el 14 de febrero de 1981. Debutó marcando dos goles contra Talleres de Córdoba y logró el título Metropolitano, pero Boca no podía pagarlo y, en arduas gestiones, Barcelona de España se lo llevó el 4 de junio de 1982, por US$8.000.000 de dólares. Era la época del Mundial de España, donde el equipo de Menotti fue eliminado por Italia y Brasil en la segunda rueda y él, que había jugado un partido brillante contra Hungría, terminó su actuación expulsado por un descontrolado planchazo al brasileño Dirceu.


El paso por Europa