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Por Jugador y por Monstruo Por Juan Sasturain Publicado en Página/12, el 11/10/2001.
Ayer, una vez más, Diego Maradona se comportó –aunque no sea un verbo que le cuadre ni le importe– como lo que es y ha sido siempre: un monstruo. Porque monstruo es, por definición, el que no tiene par, el zapato suelto, la especie de uno. Ayer, un gordo con camiseta de Boca en medio de un partido de la Selección contra otros de colorado. ¿Pero qué tipo de monstruo es Maradona? Aunque tiene cosas de Frankenstein y del tierno Kinkong, y algunas más de Alf que de ET, Diego se caracteriza por ser un monstruo que (todavía) juega. Más claro: un monstruo jugador y un jugador monstruoso. Y el que se quede solo y diferente a la hora de buscar pares no es sólo cuestión de su aptitud superlativa para este juego específico, el fútbol, sino resultado del hecho de que Diego –al mismo tiempo– juegue siempre, en todos los órdenes de la vida, con pelota y sin ella. Ahí reside en parte su monstruosidad.
Porque Maradona ha jugado al fútbol como tantos pero, a diferencia del resto, lo ha hecho en todos los sentidos, que son varios. Jugar es en principio actividad libre, inmotivada, sólo orientada por la busca del placer: la diversión contrapuesta al trabajo y la obligación, lo que hacen los pibes cuando juegan. Pero jugar es también elegir en el vacío, arriesgar, someterse al azar, desafiar lo incontrolable, la suerte y la desgracia: es lo que hace el compulsivo apostador. Finalmente, jugar es también jugar-se, entregarse todo, poner el cuerpo a partir de las ganas y convicciones y más allá de las consecuencias. Diego ha jugado al fútbol en esos tres sentidos simultáneamente y en cada caso ha llegado al límite (y los ha traspasado). Cosas de monstruo.
Si es cierto –aunque sea en parte– que hay una ideología del fútbol detectable, y que “se juega como se vive”, Maradona ha ido un poco más lejos y ha invertido la ecuación con todas sus consecuencias: Maradona vive como juega (o como jugaba, si se quiere introducir la desagradable variable temporal). Ese gesto, que lo define como singular arquetipo del Jugador, es un ademán saludablemente incorrecto, una elección monstruosa.
Ayer fue “La Fiesta del Monstruo”. No están ni Borges ni Bioy para repetir la desaforada gorilada. Y el patético, indestructible Jugador, puso el cuerpo y sobrevivió una vez más para contarlo.
El partido homenaje (2001)
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