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Moneda de canto Por Jose M. Pasquini Duran Publicado en Página/12, el 1 de julio de 1994.
Hay dos maneras de participar del espectáculo deportivo del Mundial. Una es la del aficionado que mira el torneo conmovido por las pasiones de su propio corazón futbolístico y por las sensaciones que proporciona el juego mismo. Los rituales, los estilos, las tradiciones, las formaciones, los héroes de la cancha, cada movimiento de cada uno de esos 22 hombres, son otros tantos motivos para la risa y para el llanto, para la bronca y para la idolatría.
Los que participan de este tipo de ceremonia se gradúan de populares. Por años circuló entre los comunistas del mundo la leyenda de Palmiro Togliatti, el máximo líder del PC italiano en la segunda posguerra, como un ejemplo de humanismo de masas porque se convertía cada domingo en comentarista de fútbol.
Con la misma fuerza legendaria, los jugadores son gladiadores que salen a la cancha sin otro interés que su victoria y con el beneficio de enarbolar en alto la bandera nacional. Hay pruebas en la historia: en los Olímpicos de París en 1924, tal vez el primer mundial, los uruguayos impusieron su calidad en un mundo que ni siquiera sabía de la existencia de ese país: “Con once jugadores, doce habitantes y dos patadas”, dijo un cronista de la época, Uruguay ingresó aquel año en la geografía del planeta.
En esa zona de puro corazón, la realidad y los mitos se entrelazan en nombres propios. Uno de esos es el de Diego Armando Maradona, que luce en el catálogo de millones con todo el vigor de su talento, vencedor hasta de sus propios vicios y debilidades, al que se le perdona casi todo en nombre de las ilusiones de la victoria.
La otra manera de participar, el reverso de la moneda, sólo es conocida por los que están dentro del espectáculo. Los millones de espectadores y de hinchas la intuyen o, en oportunidades de turbulencias muy fuertes, alcanzan a percibir algunos reflejos de sus aguas revueltas. Aquí importan las tasas de rentabilidad, las posiciones de poder, las componendas políticas. En el Mundial que se jugó en Montevideo, hace más de medio siglo, cuando Jules Rimet ocupaba la presidencia de la FIFA, el capitán argentino, Luis Monti, fue amenazado de muerte si disputaba la final contra los uruguayos. Obligado a jugar, durante años fue acusado por la derrota. El mismo Monti, junto con Orsi, Guaita y Demaría, todos argentinos, integraron la selección italiana que ganó en 1934: todavía circulan fotos de ellos haciendo el saludo fascista en el centro del estadio. Para el poder, nunca hay precio demasiado alto.
En esta zona de intereses, aquellos gladiadores pasan a ser mano de obra de un negocio multimillonario que incluye demasiadas áreas de sombra, donde pululan esos mercenarios que se llaman barrabravas. También en el imperio azteca había juego de pelota y al final de cada torneo eran degollados los vencedores, según cuentan, para eternizarlos en la victoria. Sus cabezas quedaban esculpidas en piedra para el recuerdo de las sucesivas generaciones. A Maradona, el negocio del espectáculo tal vez le prometió la eternidad, pero si fue así, le mintió. Sólo quería que fuese cómplice del poder, aun socio de ser posible, como lo es Pelé, otro rey de corazones.
Sin la preparación adecuada para manejar esa relación interna y tal vez por simple arrogancia, este cuádruple mundialista desafió a todos porque creía que la moneda caería de canto, parada por la magia de su poder individual. Pero la tribuna, la cancha y el poder político-económico tienen leyes propias, y es muy difícil que se mezclen. Quizá Maradona no supo o no pudo distinguirlas a tiempo, extraviado en el laberinto de su propia gloria.
El partido homenaje (2001)
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