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Jorge Valdano analiza el fenómeno Maradona Entrevista de Ariel Scher Publicado en Clarín, el 19 de noviembre de 2001.
Puede que, en algún momento, él mismo creyera que ya había visto todos los gajos de la pelota: los anónimos, que pateó en la infancia melancólica de su pueblo, Las Parejas; los resonantes, que impactó cuando fue un jugador notorio que llegó a campeón del mundo; los minuciosos, que describió con arte haciendo artículos para los diarios; los sutiles, que observó en los años en que actuó como director técnico; los estratégicos, de los que se ocupa en estos días, convertido en director deportivo de algo que es casi un mundo y se llama Real Madrid. Puede, en efecto, que Jorge Valdano tuviera el derecho de sentir que ya había recorrido entera la redondez de la pelota. Pero no. Es cosa certificada que la vida y el fútbol siempre cobijan la posibilidad de un nuevo asombro. Y eso le sucede a este hombre de 46 cumpleaños que continúa largo y flaco como en cada uno de sus tiempos anteriores y que acaba de pasar por la Argentina con la mirada siempre atenta. El nuevo asombro tiene apellido y nombre: Maradona, Diego. Curioso: Valdano parece más sorprendido ahora, con las sensaciones frescas de haber asistido especialmente al homenaje del sábado 10, que ha ce quince años, cuando uno y otro, Maradona y él, eran socios cotidianos en el camino hacia el título mundial de la Selección en 1986. Acaso se trate de un trayecto lógico: antes Valdano jugaba con Diego y, naturalmente, se emocionaba; ahora trata de pensar el fenómeno que ese viejo ex compañero provoca en multitudes. Y, por supuesto, se sigue emocionando.
-¿Por qué?
-En principio porque nunca viví algo así en una cancha. Vi el partido al lado de Pelé, cuya presencia en la Bombonera me pareció un acto de valentía. Pero, al mismo tiempo, pensaba que Pelé es un hombre integrado al sistema, a diferencia de Diego, que es un hombre al que el sistema no logró integrar y que sin embargo ha conquistado hasta el fondo a la gente.
-¿Y eso qué significa?
-Muchas cosas. Una es la posibilidad de decir: "A mí no me gusta el sistema, me gusta Diego".
-¿Qué fue lo que más te impresionó durante el homenaje?
-Lo primero es la emotividad. Todos llorábamos porque nos sentíamos superados por lo que estábamos viendo. Y, al mismo tiempo, nos poníamos en el lugar del receptor de toda esa emoción. Una cosa es ser uno de los 50.000 emocionados, y otra cosa es ser el tipo por el que se han emocionado los 50.000. Por eso lo entendimos cuando dijo "esto es demasiado para una sola persona".
-¿Y por qué ocurre esto?
-Uno se interroga eso: ¿por dónde se nos metió este mito para que lo queramos tanto? Cuando salió Diego a la cancha, la primera impresión estética resultó grotesca: está muy gordo y, a los siete u ocho minutos, ya vimos que estaba rengo. Pero cada vez que entraba en contacto con la pelota, aquello alcanzaba una dimensión artística por la sencilla razón de que el arte lo convierte todo en bello y Diego es un genio indiscutible.
-Sin embargo, sus puntos de vista y su vida sí generan controversias...
-Todos hubiéramos estado de acuerdo en que no siempre estamos de acuerdo con lo que hace Diego o lo que dice Diego. Pero eso no fue un inconveniente en absoluto para que se diera un proceso de identificación inolvidable, algo que se ha vivido respecto de un equipo pero no respecto de un jugador. Y yo estuve en muchas despedidas de jugadores, en fiestas muy bonitas, pero en las que nunca se alcanzó este impacto sentimental. Fue todo de una espontaneidad extraordinaria, el diálogo de un tipo con 50.000. Todos nos pusimos de acuerdo en querer a Diego ese día.
-¿Qué sentiste cuando Maradona dijo "yo me equivoqué, pero la pelota de fútbol no se mancha"?
-No es fácil que un argentino reconozca que se equivocó. Y que lo hiciera delante de la humanidad -porque éramos 50.000 en el estadio pero ese partido tenía una dimensión universal- me pareció de una pureza ética conmovedora. Creo que fue ahí donde el esfuerzo por no llorar se nos hizo imposible.
-¿Qué otra cosa te llamó la atención?
-Su condición de rey. Maradona nunca estuvo superado por el espectáculo. Desde que entró y fue a los cuatro puntos cardinales de la cancha para saludar como un actor después de la obra, cuando en realidad la obra todavía no había empezado, hasta la vuelta olímpica después de terminado el partido, dio una dimensión de manejo de la situación como si ese hombre hubiera nacido rey. No hubo ningún segundo en el que Diego pusiera en duda que merecía todo esto. Y no digo que no esté bien. Digo que muy pocos hombres en la historia han pasado por esto. Me daba la sensación de que era un César que volvía a Roma después de una campaña vencedora. Lo que ocurre es que los Césares tenían un tipo atrás que les venía diciendo "eres humano, eres humano". Pero con Diego es al revés. Parecía que todos queríamos decirle "eres distinto, eres distinto".
-Hace algunos años escribiste en un artículo "debimos decirle que no era Dios".
-Sí, es verdad pero en ese mismo texto concluí en que era imposible.
-Ese Maradona que le hablaba a gente, ¿era auténtico?
-Justamente, el otro elemento impactante de la fiesta fue la autenticidad. Desde que entró a la cancha con el pechito hinchado, siendo él químicamente puro, hasta el modo tan singular en que se subió al palco para decir el discurso, expiraba autenticidad. Y el gesto distinto, revolucionario, de quitarse la camiseta argentina y quedarse con la de Boca, esa cosa tan suya de decir "no me importa lo que piensen, yo soy de Argentina y en Argentina soy de Boca".
-Es una actitud que pudo molestar a parte de la gente...
-Sí, pero ese mismo gesto, que en un principio daba hasta un poco de bronca porque eso era una fiesta de todos, diez minutos después se reveló como una genialidad. Había once tipos con una camiseta del homenaje a Diego, otros diez tipos con la camiseta de Argentina, y otro tipo que tenía una camiseta que no tenía nada que ver con ese partido... Pero todos sabíamos quién era, para quién jugaba y que había que dársela. Es el símbolo perfecto de todo lo que ha sido. Era milagroso como la gente entendía todo ese lenguaje.
-Maradona es un ex jugador que confiesa problemas y que abre una polémica detrás de otra. ¿Por qué sigue siendo una imagen tan fuerte en la Argentina?
-Se me ocurre que por la necesidad argentina de encontrar una referencia, aunque sea sentimental, para girar alrededor de algo.
-Aunque con frecuencia se lo cuestione.
-Insisto en que mucha de la gente no se identifica con las opiniones de Maradona. Pero sabe segmentarlo. Lo que significaba diferenciar al fútbol, lo que él nos regaló en su condición de jugador, de la otra parte, que queda como secundaria porque, efectivamente, lo es. Si uno habla de Picasso, habla de él y de su obra, no de cómo se llevaba con su mujer. La conclusión es que desde Diego se pueden explicar muchas cosas de la Argentina.
-¿En qué sentido?
-El fútbol aparece de nuevo como depositario de cosas que no se encuentran en otro lugar. Poner un voto cada tanto no parece suficiente para que la gente sienta contenida su representatividad, una crisis sobre la que la propia clase política viene hablando.
-¿Te imaginás un fenómeno así fuera de la Argentina?
-No. Esto ocurre en la Argentina y posiblemente Boca lo potencia como algo popular. Y lo produce Diego, que es genuinamente popular. Además, Diego es un hombre magnético, con un poder magnético. Es un símbolo, el único mito viviente de un país mitómano.
-¿Cómo viste a Maradona cuando estuviste el día del homenaje con él?
-Lo que expresaba Diego era felicidad.
"Felicidad", repite Valdano. Y mientras vuelve a hablar de Maradona, se asombra una vez más.
El partido homenaje (2001)
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