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El partido homenaje (2001)
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El pase-gol a Caniggia
El pase-gol a Caniggia
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La fiesta fue inolvidable, en una Bombonera colmada. Diego jugó para la Selección, que le ganó 6-3 a un equipo de estrellas invitadas especialmente, y anotó dos goles de penal. Al final recorrió la cancha para celebrar con el público. Fue un momento mágico de alegría y profunda emoción entre el ídolo y la gente. A continuación, extractos de las notas publicadas por los medios.
Era un partido homenaje, se dijo, no una despedida. Porque nadie se atreve a matarle el sueño-jugador a Maradona. Y nadie tendría derecho, tampoco. Entonces, a los 41, con los kilos de sobra, con los 4 años de ausencia y con su rodilla izquierda maltrecha, salió a la cancha para alimentar su orgullo —la camiseta de la Selección, la cinta de capitán— y para intercambiar afectos. El ponía la aureola de su magia como garantía y los otros la devoción del agradecimiento. Los compañeros de la Selección y algunos de sus amigos que el fútbol le produjo, las Estrellas. Y arriba, 50 mil militantes de la pasión, dispuestos a sentir y a hacerse sentir.
En ese minuto 16 del segundo tiempo se resumió todo el sentido de este homenaje que el fútbol argentino le rinde a su máximo referente de los últimos años. Como tantas otras veces, el 10 definió un toque suave el penal para la Selección. Saludó al arquero Higuita, se sacó la camiseta de la Selección y debajo, sobre su cuerpo, apareció la camiseta de Boca para que el público de La Bombonera delirara. Poco después, para aumentar la emoción del estadio, Maradona decidió jugar lo que quedaba del partido con la camiseta de Boca puesta. Y cerró el partido con el sexto gol, también de penal.
Desde el comienzo fue una verdadera fiesta. Una Bombonera repleta, con más 50 mil espectadores, fue testigo de una jornada por demás emotiva. En el arranque, nomás, se escaparon las primeras lágrimas: Maradona ingresó a la cancha con sus hijas, Dalma y Giannina y con uno de sus sobrinos. Detrás del 10 se encolumnaron el seleccionado argentino y el equipo de las estrellas. "Diegoooo, Diegooooo", se escuchó de manera inmediata. Diego, con la emoción inocultable, besó a sus hijas y, con alguna lágrima en su rostro, se acercó hacia los palcos, para saludar a su esposa, Claudia, y a sus padres, Don Diego y Doña Tota.
El partido homenaje comenzó poco después de las 16. El resultado, 6 a 3 para la Argentina, fue una anécdota. La Selección abrió el marcador a los 16 minutos a través de Claudio López de cabeza, y las Estrellas igualaron a los 29 con un golazo del croata Davor Suker, que definió de emboquillada sobre un adelantado Burgos. Todos sabían (complicidad asumida) que Diego no podría demasiado con la pelota. Todos colaboraron, sin embargo. Todos jugaron para él. Sus compañeros de la Selección (Verón se hizo socio solidario y sostén) lo hicieron participar en casi todas las jugadas, y el equipo rival, armado por el Coco Basile, colaboró con marcaciones permisivas. Pero claro, se pudo ver a Francescoli en algún encuentro con Stoichkov o al Pibe Valderrama enganchándose con Riquelme (Román exhibió su timidez ante el reclamo masivo a Bielsa por un puesto para él en la Selección) o con Suker. Cada toque de Diego era festejado. Cada toque. Así terminó la primera etapa.
En el segundo tiempo, a los 5 minutos, Pablo Aimar aprovechó una pelota perdida en el borde del área y con un remate bajo y cruzado puso el 2 a 1. Diego rengueaba. Hasta que Lamolina cobró un penal de Bermúdez a Cruz como excusa para que Diego tuviera la oportunidad. El exótico Higuita ya estaba en el arco contrario. Toque de zurda, suave, a la derecha. La magia registrada, a pesar de todo. Y volvió la emoción. Todos lo abrazaron a Diego. Y lo levantaron. Las tribunas enloquecían. Se fue saltando hasta el medio de la cancha. Y, al fin, satisfizo el pedido de la multitud. Si ya había mostrado que abajo llevaba la camiseta de Boca. Siguió jugando con la azul y oro. La explosión que siguió no se puede contar. Castromán marcó el cuarto. Y enseguida Cantoná puso el 2-4.
Fue entonces, cuando se produjo el milagro de la adoración. Diego estaba en el medio de la cancha para reanudar el juego. Desde la cabecera de Casa Amarilla empezó el murmullo y enseguida los leves estampidos de cientos de luces de estruendo. Y fue creciendo una ovación impresionante por todo el estadio. Diego se quedó con los brazos cruzados, abrumado por la emoción. El partido se paró. Lo aplaudían compañeros y rivales. Hasta que lo levantaron en andas y lo llevaron hasta el frente de esa tribuna. Lloraba Maradona, tiraba besos, se golpeaba el pecho a la altura del corazón. ¿Quién puede ser capaz de describir esa sensación de Diego Maradona, el pibe de la Villa Fiorito que llegó a la cima del planeta, por su amor a la pelota, por la magia de su pierna zurda? Si verlo desde afuera estremece.
Hubo otro gol de Aimar, un descuento de Higuita, de penal. Y otro penal para que Diego cerrara el partido. Pero la fiesta siguió. No debió terminar nunca esa fiesta, la sagrada fiesta del fútbol a su ídolo. Si el reclamo era mutuo. Lo merecía Maradona y lo merecía la gente. Diego caminó por el perímetro de la cancha, lentamente, con sus hijas. Lloraba y reía. Quería acopiar en su cuerpo, para siempre, ese amor puro que bajaba desde el cemento. Rogó que no lo olvidaran. Pidió amor al fútbol y que su equivocación —por la que pagó— no manchara a la pelota.
Nada más hacía falta. Sólo agradecerle a Dios el privilegio de haber estado.
La Selección Nacional, dirigida por Marcelo Bielsa, comenzó el partido con Germán Burgos; Javier Zanetti, Roberto Ayala, Walter Samuel, Juan Pablo Sorín; Matías Almeyda, Juan Sebastian Verón, Pablo Aimar, Diego Maradona; Claudio López y Cristian González. Enfrente, en el Equipo de las Estrellas fueron titulares Oscar Córdoba; Ciro Ferrara, Jorge Bermúdez, Iván Córdoba, Carlos Gamarra; Nolberto Solano, Juan Román Riquelme, Carlos Valderrama, Enzo Francescoli; Davor Suker y Hristo Stoitchkov.
La Selección Nacional (1977-1994) | El futuro sin el 10 
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